2009-07-14
Publicado el 01/05/2006
Entrevista a Ricardo Forster
"Una política de la memoria fundamentada en la experiencia del movimiento de derechos humanos debe abrir la dimensión de la pregunta"
El tema de la memoria (o las memorias) motiva encendidas discusiones y hace brotar sentimientos encontrados o acordes, particularmente en estos meses en que se debaten las formas que tendrá el Espacio para
Ricardo Forster es pensador, investigador, profesor en
He aquí su palabra, que por cierto no rehuye la polémica.
¿Pueden existir usos de la/s memoria/s que limiten o aborten el recuerdo que se intenta mantener, en vez de estimularllo?
No debemos perder de vista que la memoria es un complejo mecanismo sustentado en una “lógica del olvido” (recordar para olvidar), imbricado en el psiquismo profundo. La memoria consiste en un trabajo selectivo tanto consciente como inconsciente. Se dan condiciones de emergencia de la memoria: es laberíntica, oscura, compleja.
La memoria individual es diferente de la colectiva. Colectivamente constituye siempre un mecanismo de reconstrucción, construcción, que incluso fundamentan la existencia de políticas de la memoria. Se organizan claves de sentido. La memoria va sufriendo las metamorfosis de la historia, a medida que ésta avanza. Son ejemplo de ello las diferentes versiones sobre lo sucedido el 24 de marzo de 1976, día en que estalló el último golpe de estado, y las visiones que se tienen el 24 de marzo de 2006.
Las políticas de la memoria implican ese peligroso juego de la monumentalización, con su componente mítico, siempre presente. Ese elemento debe existir, pero no en desequilibrio. Esas políticas pueden implicar cortes, tachaduras, olvidos. La memoria es conflicto, es territorio de combate. Es recuerdo de lo efectivamente acontecido, pero se vuelve también una narrativa. La materia prima de la memoria no es ya el hecho sino un relato del hecho. Si bien los hechos son reales, el mecanismo disparador de la relación con aquellos está mediado por el lenguaje. El 24 de marzo de 2006 es un claro ejemplo de diversos modos de establecer relación con la memoria: el día del golpe puede ser recordado en términos rememorativos, en que se da voz a las víctimas, o puede recordarse como excusa para discusiones de diversa índole.
La memoria ¿acentúa el pasado o más bien es un modo de mirar el presente?
La memoria siempre es un proceso en que el presente cita al pasado en función de sus propias necesidades. Walter Benjamín explicaba que la relación con el pasado no es una mera reconstrucción objetiva, sino una construcción del pasado, que es apropiado desde la lectura del presente; el pasado queda actualizado. Pensar hoy el ´76 es intentar la reflexión sobre qué acontece hoy a nuestra sociedad, qué pensamos sobre el conflicto social, el estado, etc. Pasado y presente se necesitan, se citan, se transforman mutuamente.
El papel del movimiento de derechos humanos fue focalizar la mirada en esta urdimbre de la memoria. La memoria se piensa sufriendo vicisitudes de la historia, se convierte en términos de la indispensable necesidad de seguir pensando el sufrimiento. Pero también de seguir pensando los sueños. Benjamín escribía que recordar es recordar los sueños de las generaciones que sufrieron: la libertad, la redención, pero no reduciéndolos a un programa político, sino relacionándolos con el mundo a soñar.
Muchos sobrevivientes del Holocausto, incluso los muy lúcidos, suponen a veces que el sufrimiento otorga una visión también lúcida; no es necesariamente así. La víctima no se coloca en la lucidez por ser víctima. De la experiencia de los derechos humanos no surge necesariamente la lucidez, pero sí la puesta al descubierto de la importancia de la memoria como una puesta en cuestión de los dogmatismos políticos.
La memoria, ¿garantiza que tengamos certezas políticas o deja preguntas en el aire?
La memoria no puede ni debe ser reducida a un programa o proyecto político, sino que debe abrir las dimensiones de lo incompleto, lo inconcluso. La memoria es también fragilidad, lo cual es antagónico con el discurso político partidario. A veces, la memoria debe ir a tientas. Una política de la memoria fundamentada en la experiencia del movimiento de derechos humanos debe abrir la dimensión de la pregunta. Es peligroso que las respuestas vengan de las certezas del mundo político. Las preguntas de la memoria deben abrir campos, multiplicar sentidos, colocarnos en el lugar de la debilidad, de quien está limitado frente a las certezas del poderoso.
Tzvetan Todorov distingue en su texto "Los abusos de
La memoria ejemplar está ligada a las grandes causas nacionales, políticas, ideológicas. La memoria lee el pasado en busca de ejemplos, se va transformando según el devenir de la historia, según los sucesivos paradigmas. Su problema es que suele reprimir a otros modos de la memoria, porque tiende a la mitificación, opera como un silenciamiento, vela la complejidad.
La memoria literal abona la existencia del museo como necesidad de sostener una relación con el pasado y ser a la vez un lugar artificial, de catarsis. Las estéticas tienden a producir problemas. El Museo de
Se discute asimismo sobre las pedagogías de la memoria, que pueden orientar hacia valores o hacia la banalización. Este tema es el más complicado para la educación: la juventud recibe estímulos que la hacen clausurar la relación con el pasado. No hay pasado ni futuro.
El surgimiento y desarrollo del movimiento de Madres de Plaza de Mayo, ¿ha significado algún cambio en las instituciones desde el punto de vista de la filosofía política?
El movimiento de las Madres fue un corte, una irrupción. Su gran carga simbólica constituyó una novedad extraordinaria, tuvo mucho de inédito. Por un lado, fue una novedad radical que las Madres, instaladas en el centro simbólico del poder, pidieran desde la soledad por sus hijos, rompiendo el esquema tradicional de hacer política. El de ellas fue un modo de trasladar la política a otro territorio: el de lo familiar, lo afectivo, el vínculo madre-hijo. Se trató de un fuerte cimbronazo.
Por otro lado, a diferencia de otros organismos preexistentes, las Madres instalaron los derechos humanos, en principio sin responder a ninguna organización política. Fueron un movimiento que se alimentó a sí mismo de su propia experiencia. Ayudaron a quebrar cierta lógica de la sociedad argentina, llevando a la esfera pública la anterior invisibilidad del sufrimiento, de la violencia, tanto ante el aparato represivo del Estado como ante ciertas políticas de la izquierda, que no veían el sufrimiento. Las Madres pusieron en alto la defensa de la convivencialidad, de los derechos humanos. Estos pasaron a ser un fin en sí mismo, no un recurso para la vida social. La sociedad argentina entendió que el reclamo ético de las Madres era clave para evidenciar las políticas de un Estado. Ese reclamo con raíces de dimensiones éticas, más allá de la dimensión política, fue una de las claves instituidas por las Madres.