2008-12-02
“El vacío supondría la posibilidad de señalar la ausencia de aquello que fue arrebatado por el horror”. Horacio González (Memoria en Construcción, el debate sobre la ESMA)
Relatar la siguiente información, que queremos compartir con los lectores, requiere de nosotras un esfuerzo del ánimo y una apelación a la esperanza : por primera vez un grupo de nuestro movimiento de Madres recorrió el casino de oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada, centro clandestino de detención donde estuvieron en cautiverio más de 5000 personas.
Parte del predio está hoy en manos de la Secretaría de Derechos Humanos de la Ciudad, aunque es sólo una pequeña fracción de las 14 hectáreas que ocupa, el resto sigue perteneciendo a la Marina. Esto suscitó el comentario de una de nosotras sobre la irónica “convivencia” de quienes debemos ocuparlo como sociedad –los organismos de derechos humanos en ella- y los militares de Marina. En suma, un hecho cuya posibilidad rechazamos.
El recorrido, a cargo de dos guías de la Secretaría, comenzó por el estacionamiento, en donde eran descendidos hacia el sótano los secuestrados.
“Una vez llegado a la base, el secuestrado era sacado del coche y llevado al sótano a empujones y golpes”, Ana María Martí, 1979. El testimonio es uno de los tantos que se pueden leer a lo largo del recorrido junto a planos que identifican la distribución de las distintas áreas en que funcionó el centro clandestino.
Casi temblando bajábamos escaleras, observábamos alrededor. Una vez en el sótano, se llevaba a nuestros desaparecidos a las sesiones de tortura; si sobrevivían, iban al tercer piso, donde funcionaban “capucha” y “capuchita”. El sótano tuvo la doble función de trabajo esclavo y sala de torturas. El pasillo que conducía a las salas de tortura fue bautizado irónicamente “Avenida de la felicidad” por los represores, según muestra un cartel estremecedor. También allí funcionaban un laboratorio fotográfico, una oficina de documentación falsa, una enfermería y hasta un microcine.
“En los traslados los presos eran llevados a la enfermería del sótano, donde los esperaba el enfermero que les aplicaba una inyección para adormecerlos, pero no los mataba. Así vivos, eran sacados por la puerta lateral del sótano e introducidos en un camión”. Sara Osatinsky, 1979.
Atravesábamos la salida del sótano, para continuar con la visita, y dábamos así los mismos pasos en el último lugar por el que pasaban los detenidos antes de los vuelos de la muerte.
La visita de la Comisión Internacional de Derechos Humanos en 1979 marcó una reestructuración del primer piso del edificio para ocultar indicios de su utilización como centro clandestino de detención. De este modo, dejaron de existir un ascensor y la escalera interna de acceso al sótano. Durante el mes y medio que duró la visita, los detenidos fueron llevados a quintas en el Delta (propiedad de la Iglesia Católica) donde continuaron con trabajo esclavo.
En el “salón dorado” de la planta baja funcionaba la oficina de operaciones del grupo de tareas donde se pautaba el itinerario de los secuestros y el destino de los detenidos. El primero y segundo pisos estaban constituidos por cuarenta y cuatro habitaciones por planta, donde se alojaban los oficiales. Eventualmente en uno de los halles se realizaban misas ... pero con fines de inteligencia.
En el tercer piso, una suerte de gran altillo, funcionaba “Capucha”. Este nombre le fue dado de forma irónica porque los detenidos que allí permanecían estaban encapuchados. Si bien hoy Capucha está vacía, existían entonces tabiques de madera que separaban pequeños espacios de 75 centímetros donde dormían los secuestrados en colchonetas.
“Para evitar que los detenidos pudieran hablar entre sí en algún descuido del guardia de Capucha, éramos colocados en una especie de caja de madera aglomerada. Uno tenía los pies hacia la pared y la cabeza hacia el pasillo. A cada lado había un tabique de madera. El espacio donde dormíamos era aproximadamente de 75 cm de ancho por 2 metros de largo. Este sitio se convertía en un cajón parecido a los de los muertos”. Norma Susana Burgos, 1984.
También había celdas o camarotes con camas, donde cabían de una a tres personas. La densidad del vacío, lo desolador de esos techos, el silencio, la opaca luz que filtran los sucios vidrios de las angostas ventanas, la desnudez de las paredes, dan una noción distante del horror y del infierno que encerraban. “El aislamiento, la desolación del encierro y la incomunicación, hacían que al entrar en Capucha uno supiera que el contacto con el mundo exterior era imposible”, reza uno de los testimonios.
En el ala simétrica a Capucha funcionaba “pecera”, otro lugar de trabajo esclavo, con centro de prensa, biblioteca y el pañol grande, donde eran guardados los botines de lo robado a los secuestrados.
Entre estas dos alas simétricas, había 3 habitaciones destinadas a las embarazadas. “Después de un tiempo de reclusión en Capucha, las secuestradas eran alojadas en una habitación hasta el momento del parto y eran asistidas por médicos y enfermeros destinados en la ESMA y por otras secuestradas. Después del parto, la madre era obligada a escribir a sus familiares a quienes supuestamente se les entregaría el niño. Pocos días después la madre era separada de su hijo y trasladada”, explica el cartel del cuarto de las embarazadas.
A esta altura del recorrido y pese a la delicadeza de los jóvenes guías, no soportábamos más la tensión que nos causaba la visita, nos urgía encontrar la salida. No llegamos a ver Capuchita.
Capuchita, junto a los tanques de agua que abastecían al edificio, era otro lugar de confinamiento de menor tamaño. La diferencia con Capucha radicaba en que era manejado por el S.I.N. (Servicio de Inteligencia Naval) y tenía una sala de torturas. Allí cabían entre 25 y 30 personas alojadas en cuchas. Por alguna de esas cuchas pasó la recordada Azucena Villaflor de Devincenti, nuestra amada desaparecida.