La llama de la Memoria

2008-10-20

Recordamos a Olga Marquez de Aredez


“Me gustaría que me recuerden reformista, no revolucionaria. Porque revolucionarios fueron los treinta mil”. Desde un hospital de Tucumán, en los escasos ratitos que permiten la visita de sus hijos y con la vocecita que su fuerza le ofrece, Olga planea su despedida. El final de una historia de lucha, de amor y de búsqueda, contra represiones, apagones, impunidades y amenazas. Una vida que se desprende en uno de esos pequeños lugares, olvidados y maltratados, donde nacen las grandes cosas.


La casa de Olga y Luis Ramón Aredez era “la casa del pueblo”. Amigos y necesitados eran siempre bien recibidos. Con cada nuevo comensal que arribaba, se amasaba el pan, se cocinaba locro y se compartía la sobremesa con los sueños y proyectos. Ella encendía el tocadiscos con su música preferida y los bailes y las risas se sumaban al hospedaje. Eran los momentos en que su rostro se iluminaba.


La última vez que Olga vio a su esposo, fue el 13 de mayo de 1977. Ese día, en el camino que une Fraile Pintado con Libertador General San Martín, tres hombres vestidos de civil y con anteojos negros lo secuestraron. Corría la dictadura militar y Luis ya había sufrido, el 25 de marzo de 1976 y el 27 de julio del mismo año durante la noche del “apagón”, dos detenciones ilegales.

Olga contaba con la dolorosa experiencia de vivir un año incomunicada de su marido, pero algo le decía que esta vez todo sería distinto. Enseguida comenzó a buscarlo. Enfrentó amenazas, insultos y argumentos incoherentes acerca del paradero de Luis. “Mis subalternos confiesan que han visto al doctor camino a la frontera con Bolivia acompañado de una rubia”, le dijo Mario Patané, Alférez de Gendarmería.

El peso de la complicidad del Ingenio Ledesma con la represión tampoco detuvo a esa hermosa y delgada mujer, a pesar de que su administrador, Alberto Lemos, le admitiera que la empresa había dispuesto sus automóviles y su personal a las Fuerzas Armadas para “limpiar al país de indeseables”. Una alianza que presionó con la persecución, la explotación y el desempleo en pos del silencio.


Contra toda oscuridad Olga logró reunir, al ritmo del bailecito y con el impulso de la brisa tibia, a campesinas, artesanas, indígenas y peladoras de caña que sufrieron la desaparición de sus seres queridos. Al principio, eran solo treinta velitas las que se oponían a la idea de que el sol ya no asomaría por aquellas tierras. Con el tiempo, hombres y mujeres se animaron a que la cadencia de su voz suave se escuche: “se llevaron a mi hijo y no ha vuelto más”. De las Madres de Plaza de Mayo aprendieron el reclamo público de sus rondas.

Los años, la pobreza y los asesinos sueltos enfermaron a muchas madres. Olga quedó sola con la lluvia o el pleno sol en las rondas de los jueves. Se acostumbró a que sus conocidos la saludaran de lejos o la trataran de loca. Hasta sus últimos días se dedicó a los comedores comunitarios, a regalar una ayuda para los desocupados, a las plazas por la memoria. El poder impune del Ingenio Ledesma nunca la detuvo, ni siquiera cuando enfermó de bagazosis, consecuencia de su contaminación ambiental. El 17 de marzo de 2005 falleció. Hoy se encuentra frente al Cerro Calilegua, dicen en el pueblo que allí “descansan los nuestros”.

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