2009-07-28
Escrito por Vera Jarach, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora
Vale la pena reflexionar y dar cuenta de nuestro camino, del rumbo y de los objetivos mantenidos a través del tiempo, con firmeza y coherencia en nuestros valores éticos. Mantenidos en etapas y circunstancias diversas, a lo largo de más de treinta años. En ese largo andar, nuestra identidad y nuestras metas se han afirmado. Quizás hoy nuestros pasos (los físicos) sean un poco más lentos, pero no aflojó la energía que nos mueve. Seguimos exigiendo
No nos mueve el odio o el deseo de venganza, sino la necesidad de que todos los culpables de los crímenes de lesa humanidad sean debidamente enjuiciados y que las sentencias se cumplan. Esta etapa, abierta después de la anulación de las leyes de impunidad, ha comenzado a lograrse pero insistimos en pedir que se busque el modo legal de acelerar los juicios, tal vez unificando las causas de alguna manera emparentadas. Es una etapa difícil y dura ya que nuestras heridas no cierran y, al dar o escuchar testimonios que dan cuenta del horror de las torturas y de los asesinatos, el dolor cala hondo en nuestro ser reviviendo una y otra vez las pesadillas.
La necesidad de proteger a quienes dan sus testimonios es otra de nuestras exigencias después de la “desaparición” de Julio López. VERDAD Y JUSTICIA, fuertemente ligadas entre sí, dejan también marcadas otra meta y tarea que consideramos muy importante por dos motivos: ante todo porque sabemos que puede ser la mejor garantía para el NUNCA MÁS, asegurando el pleno conocimiento de los hechos del pasado sobre todo en las jóvenes generaciones y, con ello, su empeño, su compromiso a no ser nunca indiferentes ante los posibles síntomas de repetición. Además, porque queremos transmitir y hacer entender a fondo los valores de aquellas vidas truncadas, las historias de nuestros hijos, las de tantos miles de víctimas de aquel genocidio, sentimos que estamos reivindicando los ideales, los sueños de un mundo mejor y más justo por los que ellos lucharon. Al hacerlo confiamos en que el espíritu de solidaridad que marcó aquel camino sea también transmitido, como un legado de principios esenciales de ética ciudadana y fraternal.
Reflexionando sobre nuestra identidad, la de cada una de nosotras y la que ha surgido de nuestro andar común, subrayamos nuestra voluntad de independencia que nos llevó a evitar a veces ayudas económicas oficiales o partidarias, lo que no impide que, como ciudadanas, tengamos nuestras afiliaciones o simpatías políticas. Simplemente no las manifestamos como institución. Por cierto, en cada circunstancia vivida por el país, por la sociedad, nos movemos con fuerza en defensa de las instituciones democráticas afianzadas por estos tres decenios en que hemos ido aprendiendo a consolidar también nuestra línea ética, nuestra identidad.
Nos movemos, claro está, en defensa de todos y cada uno de los Derechos Humanos y abrigamos la esperanza de que estos valores guíen a las nuevas generaciones. Con perseverancia en este rumbo, que marca y subraya a
De nuestra identidad, finalmente, surge otro principio clave que quisiéramos transmitir: nos sentimos responsables de la absoluta observancia de las leyes y de elegir siempre medios no violentos en nuestra acción cívica y de dar cuenta de ello ante la sociedad, tal como lo hemos hecho en el pasado y seguimos empeñadas en hacerlo hoy. Es, creemos, un modo claro de dar un buen ejemplo. Será tal vez como algo que sentimos como Madres que somos: queremos aportar algo de lo que, paso a paso, fuimos aprendiendo y valorando en la práctica del vivir cotidiano. Queremos compartirlo, transmitirlo. El espejo de la opinión (nuestra y ajena) puede así reflejar junto a nuestras arrugas también los rasgos más profundos del amor y de la esperanza.
Julio de 2009