Testimonio de Mirta Baravalle

2011-06-14

 

El lunes 6 de junio en los Tribunales de Comodoro Py declaró la Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora Mirta Baravalle, en el marco de la causa “robo de bebés”.

Con toda su entereza, valentía y hablar pausado, testimonió durante tres horas. Cada palabra, con detalle y precisión, dio cuenta de los primeros momentos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo.

Allí, desde esa enorme silla frente a los jueces, el ejercicio de Memoria de contar y nombrar durante los últimos 35 años todo lo sucedido después de la desaparición forzada de su hija, se volvió Justicia.

La noche del secuestro

Mi hija Ana María Baravalle fue secuestrada el 27 de agosto de 1976, junto a su esposo Julio César Galizzi, por un grupo armado que irrumpió en la casa por la fuerza  y de madrugada. También entraron en las casa vecinas.

Ana estaba embarazada de cinco meses, trabajaba en el Ministerio de Hacienda y estudiaba Sociología. El mismo día que se la llevaron, el médico la había visto y la había felicitado por el buen embarazo que llevaba.

Desde entonces, no hemos tenido noticias de ninguno de los tres.

Ana tenía 28 años y Julio 25. No podían estar ajenos a lo que pasaba en el país. Mi hija era una militante de la vida. Se ponía el despertador a la madrugada para ir a la villa. “Si no llegamos a que el pueblo sepa sus derechos, que no tienen que estar sometidos y que sean ellos mismos los hacedores de este país, no va a quedar nada. Si esto no se cambia, en 25 años no va a quedar nada de los argentinos”; me decía.

La noche del secuestro estábamos en casa, éramos cuatro. Ana, Julio, mi hermano y yo. Jugábamos al scrabble, y el que perdía cebaba mate. Eso era lo que estábamos haciendo esa noche. Mi yerno intentó esconderse en el patio, y los vecinos escuchaban gritar “tirale, tirale, matalo”. Yo después encontré balas en el fondo. Nosotros hicimos lo imposible para saber algo más de esa noche, pero nadie hablaba.

Después supe que mi hija Ana María tuvo a su bebé el 12 de enero de 1977. Ese día, eran más de las once de la noche cuando golpean mi puerta con mucha urgencia. Salgo corriendo con el corazón en la mano, y veo a un amigo que me dice “los tres están bien”. Él tenía que llegar a su casa antes de las 12, estaba corriendo y vivía a veinte cuadras de casa. Al otro día, esa persona fue secuestrada.

Primeros pasos en la búsqueda

Al otro día del secuestro voy a la iglesia de Lourdes, en Santos Lugares, para ver la posibilidad de tener alguna información de nuestros chicos. Cuando le conté lo que había pasado el cura me dijo “otro más”. Yo en ese momento no entendí qué me estaba queriendo decir. Hicimos una misa por su aparición, y se nombraron a otros jóvenes.

Al lunes siguiente comencé a buscar en las cárceles. Iba a Villa Devoto todos los días. Veía a muchas personas delante de mí, la mayoría eran familiares de presos políticos pero había otros que también buscaban a sus hijos secuestrados y no sabían dónde estaban. Ahí me fui informando hacia dónde podía dirigir mis pasos para saber sobre ellos. Enseguida hice hábeas corpus, causa 616. Los hacía a mano. Una vez en 1978 logré que me sellaran uno por el bebé, y en 1981 hicimos la presentación en Casa de Gobierno.

Los primeros lugares a los que fui fueron el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH) y la Asamblea Permanente por los Derechos del Hombre (APDH). Me acuerdo que en el MEDH estaban regalando juguetes para Navidad, y me dieron un sonajero para mi nieto o nieta. El médico de mi hija había dicho que el nacimiento no pasaría del 15 de enero de 1977.

También me acerqué a Familiares y por primera vez dí mi testimonio del bebé desaparecido. Después, en una entrevista con un periodista holandés denuncié la desaparición de los tres. Esa nota tuvo mucha repercusión a nivel mundial, y fue incorporada en la edición de un libro.

Sin respuestas


Lo que hacía la iglesia era desangrarnos todavía un poquito más. Yo fui educada en esa fe, yo decía: “¿cómo no me van a ayudar a buscar a mi hija?”. Un día fuimos con Chicha a ver al Nuncio Calabrese. Mi nieta o nieto ya había nacido, pero llegaban noticias de parte de los detenidos desaparecidos que dejaban en libertad y ya sabíamos que las y los jóvenes eran torturados. “Pero señora, las jóvenes hacen tantos abortos”; me contestó el Nuncio. En otra oportunidad el Monseñor Tórtolo me dijo “a mí las desapariciones no me constan”; mientras hacía el gesto de lavarse las manos.

También por aquellos años Adolfo Pérez Esquivel llevó al Papa el dossier de Abuelas. Nos había prometido que iba a estar en su mesa de luz, pero parece que nunca lo abrió.

Cuando me atendían en las oficinas públicas, sin decirme nada, yo les respondía: “¿Se los llevan y nosotras tenemos que aceptarlo? No nos dicen nada y se los llevan. ¿Y ustedes para que están entonces?”. Me avergoncé, porque cuando mis hijos eran chicos yo les decía que los militares nos protegían. Son genocidas, el robo de bebés fue sistemático, sabían a quiénes y cómo, estaba premeditado. Pensaban que se iban a quedar en el poder por tiempo indeterminado.

 

Abuela y Madre de Plaza de Mayo desde el principio

 

La mayoría de las mujeres buscábamos a jóvenes embarazadas. Nos fuimos encontrando. Con las primeras Madres el 30 de abril de 1977, y luego con Abuelas, que ya se estaban organizando. Como Abuelas nos encontrábamos en el Café Tortoni. Íbamos a festejar cumpleaños imaginarios. Ya en ese momento se encargaba de convocar Chicha Mariani, que por entonces era la presidenta. Con Vilma González y Julia Rebollo nos encontrábamos en distintas casas, en lugares lejanos. Los reclamos que hacíamos a nivel internacional nunca obtuvieron respuesta.

Desde Abuelas hicimos en conjunto muchas actividades. Sabíamos de muchas personas detenidas desaparecidas que no eran denunciadas, y nosotras salíamos a buscarlas. Esas familias no sabían que existía Abuelas. No sólo nacieron bebés en cautiverio, también secuestraron a niños con sus padres. Por eso hacíamos todo para recavar la mayor cantidad de información posible. Como sucedió con María Eva Duharte; una sobreviviente nos contó que ella había dado a luz estando secuestrada. Vivía en Grand Burg, y fui hasta allá a ver a su familia. Su mamá me dijo que era imposible, que Maria Eva no estaba embarazada. Pero una chiquita que también estaba en esa cocina presente, dijo: “Sí mamá, estaba embarazada. Yo lo sabía”.

Y muchos casos fueron así. Sabemos que hay cientos de nietos a recuperar todavía.

Las madres que estaban por dar a luz sabían que los represores se quedaban con sus hijos, por eso retardaban lo más que podían su fecha de parto. No se entiende esa maldad, esa perversidad tan tremenda, sin límites. Yo pienso que la generación de nuestros hijos subestimó la criminalidad del enemigo.

Las Abuelas nos juntamos en principio quizás por el propio egoísmo de encontrar al propio nieto. Pero después sentimos que cada nieto era nuestro. Nos llamábamos Abuelas Argentinas, y al comienzo fuimos trece. Clara Jurado, Haydeé Falino de Lemos, Señora de Caimi, Julia Rebollo de Grandi, Irma Cisariego de González, Beatriz de Neuhaus, Chicha Mariani, María Eugenia Goyena, Alicia de la Cuadra, Elia Califano, Vilma González. Es un recuerdo que quiero tener para con ellas.

Como Abuela participé de la recuperación de muchos de los niños. Paula Logares fue la primera nieta recuperada por medio de los análisis. Tenía 22 meses cuando la  secuestraron y ella, tan chiquita, se señalaba y decía “yo, Paula”. Defendió su nombre con 22 meses. La encontramos cuando tenía ocho años, y le decían que tenía seis.

¿Cómo puede ser que todavía no tengamos una disposición para recuperar a todos los chicos que faltan? Que no se los someta a una historia y a raíces que no son las suyas. Sí, muchas veces sufrimos con la Verdad, pero hay que aceptarla.

Otro de los primeros casos fue el del sobrino de la actriz Menchu Quesada, el nene la reconoció en la televisión, cuando la vio dijo “tía”. Y también el de los hermanitos Anatole, que dejaron en Valparaíso.

Con la Abuela Hilda Toranzo hicimos en 1982 una gira de dos meses por distintos países: Austria, Alemania, Francia, Suiza y España. Siempre estaba lleno cada lugar donde íbamos. Desde Canadá recibíamos miles de cartas por día. Para nosotras era como renovar las energías, porque teníamos que corresponder todo ese apoyo. Llegaban más de cien cartas por día a mi nombre, las leía una por una a la noche en mi casa, cuando llegaba de andar todo el día. Tengo unas seis mil o siete mil cartas.

Soy una Madre y una Abuela de Plaza de Mayo, he estado en las distintas manifestaciones porque siempre estuvimos juntas. El 14 de noviembre de 1977 me llevaron a una comisaría, cuando íbamos a presentar un petitorio con firmas a Casa de Gobierno. Éramos unas dos mil personas; nos fueron encolumnando hacia la calle Saénz Peña. Usaron los colectivos de la línea 60. Nos llevaron como a trescientas. El policía me preguntó “¿Su marido sabe que está acá?”.

Yo conocí a Astiz desde el primer día, cuando se insertó en el grupo de la Santa Cruz. Desde la primera reunión que no me gustó ese muchacho. Les dije a Mary y a Esther “no vengo más a estas reuniones, no me gusta este muchacho”. Y ellas ahora ya no están. Así trabajaban estos siniestros perversos.


Van a hacer 35 años y yo estoy como el primer día. Cambiaron nuestros núcleos familiares. Cada niño recuperado es una historia, sus padres proyectaron una vida para esos niños. Es necesario recuperar a todos, tienen derecho a saber su historia y sus familias tienen derecho a saber dónde están.  

 

 

 

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