Tecnicatura de Música Popular

2011-07-19

Las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora compartimos la crónica del surgimiento de la Tecnicatura Popular de Música, escrita por un colaborador que nos visita desde Colombia: 

 

Crónica del Surgimiento de la Tecnicatura Popular de Música

Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora

 

Por: Héctor Martínez

 

La verdulería, la fama y el café ya están abiertos. Estudiantes y trabajadores se dirigen hacia sus destinos y un perro le alza la pata a un árbol mientras otro ladra. En medio de la algarabía, el viento silba e improvisa una melodía al compás que le marcan los pasos ágiles que avanzan por la vereda de una calle de Buenos Aires. El ronquido de los 3.600 centímetros cúbicos del motor de un Ford Falcon del 76 que asoma en la esquina, irrumpe en la tonada. El compás se acelera. El corazón retumba como tambor africano y un agudo violín constriñe el estómago. Un par de miradas se atreven a un dar un vistazo pero no hay matrícula. Chillan los neumáticos en el asfalto. Se eriza la espalda. Terror. La respiración se agita y se lucha por controlar el temblor de las manos dentro de los bolsillos del abrigo. El auto se detiene. Bajan dos marinos armados vestidos de civil, cierran el paso, preguntan un nombre –no hay respuesta–, culatazo certero en el estómago, la cajuela se llena con el cuerpo de un hombre. Las puertas del auto color verde selva se cierran con dos golpes secos y se pierde de vista al doblar la esquina. Un susurro proviene desde el otro lado del vidrio en el interior del café: “Algo habrá hecho”. Las miradas al piso. El único sonido es el sonido del viento.

 

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Durante la última dictadura cívico militar –la más cruenta– que sufrió Argentina entre el 24 de marzo de 1976 y el 10 de diciembre de 1983 denominada por los propios golpistas como “Proceso de Reorganización Nacional”, se constituyeron en todo el país Centros Clandestinos de Detención, Tortura y Exterminio. Los CCDTyE fueron instalaciones secretas empleadas por las fuerzas armadas y de seguridad para ejecutar un plan sistemático de desaparición de personas. Una de las operaciones de contrainsurgencia clandestinas encaminadas a la eliminación de la disidencia política, realizadas con el apoyo expreso de Estados Unidos interesado en promover a toda costa el control del comunismo y otras corrientes ideológicas opuestas a su bando durante la guerra fría.

 

Aunque los primeros centros clandestinos: ‘La Escuelita’ y ‘El Campito’ ya funcionaban en 1975,  la proliferación de estos espacios se dio luego del golpe militar. En 1976 llegaron a existir 610 de los cuales 60 estaban en Buenos Aires. Todos tenían una o varias salas de tortura, espacios para mantener a los secuestrados en condiciones precarias, viviendas para los torturadores, servicio médico permanente y hasta servicios religiosos para el personal militar.

 

Muchos de los CCDTyE fueron de carácter temporario y circunstancial –como el que funcionó en la planta de la empresa siderúrgica Acindar para contener la huelga declarada en mayo de 1975– sin embargo el que se instaló en el casino de oficiales de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) funcionó de manera permanente. Fue junto al ‘Club Atlético’, ‘El Campito’, ‘El Vesubio’, y ‘La Perla’ eje de todo el sistema represivo. Fuel único que se mantuvo en funcionamiento entre 1982 y 1983.

 

De las treinta mil personas detenidas desaparecidas durante el terrorismo de Estado, no menos de cinco mil fueron conducidas, albergadas y torturadas en la ESMA. Cuatro mil quinientas –de esas cinco mil– fueron asesinadas.

 

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Un Ford Falcon color verde selva sin matrícula rueda por las calles de Buenos Aires. En su interior tres marinos pertenecientes al ‘Grupo de Tareas 3.3.2’ (GT) de la Armada comentan uno a uno los seis goles que la selección argentina de fútbol le convirtió a su similar de Perú y ríen. Se pagan apuestas. El día anterior en un sorprendente partido, Argentina –que hasta entonces había mostrado un bajo rendimiento– goleó a Perú en la semifinal del mundial de fútbol del 78. Perú –la gran sorpresa del torneo–  se había clasificado primera de su grupo tras ganarle a Escocia 3 a 1; empatar con Holanda y derrotar a Irán 4 por 1. Una gigantesca donación de trigo, un préstamo sin intereses de Argentina a Perú, y la inusual visita del dictador argentino Jorge Rafael Videla y del secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, al camerino de los jugadores peruanos  justo antes del partido, sembraron dudas de la victoria argentina en el estadio de Rosario.

 

El hombre en la cajuela no se entera de la celebración por la victoria argentina, ni del pago de las apuestas, ni identifica los sonidos provenientes del exterior. Lo único que le transmiten sus oídos es la ahogada resonancia de un sinnúmero de motores, sirenas y pitos que se mezclan en confuso  recital urbano.

 

Han pasado veinte minutos y el auto se detiene. Una reja metálica se abre, el Falcon avanza, ingresa, gira a la izquierda y lentamente rueda por la calle San Martín –paralela a la Avenida Libertador pero ubicada dentro de las instalaciones de la ESMA– pasa frente al edificio de la guardia; frente al pabellón central de cuatro columnas, cinco ventanas y una puerta, que ostenta en letras de bronce el título: ‘Escuela de Mecánica de la Armada’ y se encuentra con una cadena de uso naval que le obstruye el paso. Una bandada de loros protesta desde los árboles centenarios de eucalipto y pino que separan la enfermería y el casino de oficiales. Los marinos intercambian contraseñas con sus compañeros apostados en la doble garita color verde que impide la circulación hacia el casino, el último edificio del complejo. Desprenden la cadena y el auto pasa sobre ella. El doble golpe metálico que produce el Falcon al pisarla se percibe con claridad en la cajuela y se graba tanto en la memoria como en el cemento de la calle.

 

Del otro lado de la Avenida Libertador un obrero de la fábrica de Gillette contempla a través de la reja a un auto que pasa la garita de vigilancia y dobla por la calle Moratore, lo sigue mientras rodea el casino de oficiales de la ESMA hasta que los frondosos arbustos lo ocultan. El Falcon se estaciona en el ‘Playón Operativo’ ubicado en la parte trasera del edificio, el motor se detiene, la puerta trasera se abre y el detenido es conducido al sótano. En ese preciso instante la reunión a la cual se dirigía se cancela. Uno de los cuatro convocados no llegó. Es bien sabido que lo primero que sobreviene luego de la detención es la tortura.

 

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La Escuela de Mecánica de la Armada se fundó en 1924 durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear y el 12 de octubre de 1928 se inauguró el complejo de edificios actuales. En un terreno de 12 hectáreas cedido por la ciudad de Buenos Aires, funcionaban: el Liceo Naval Almirante Brown, La escuela de Guerra Naval, la Dirección de Educación Naval, la Escuela Nacional de Náutica y la Escuela Fluvial. Allí unos cinco mil alumnos fueron becados para estudiar electrónica, aeronáutica, mecánica naval, operador de radio y meteorología.

 

Ubicada en la zona norte de Buenos Aires, en uno de los barrios más exclusivos de la ciudad, cerca al río de La Plata, a pocas cuadras del estadio Monumental de River Plate, del aeroparque Jorge Newbery, sobre la Avenida Libertador y resguardada por una reja poco alta y nada espesa, la ESMA dejó de ser un centro de formación y se convirtió en lugar de tortura, degradación y exterminio. El sótano, la planta baja y la buhardilla del casino de oficiales eran empleados para tal fin.

 

En el sótano funcionaban la sala de torturas, una oficina de falsificación de documentos, un espacio para la atención médica de los secuestrados –para que no murieran allí–, un cuarto de revelado fotográfico y una habitación acústicamente aislada con cartones de huevo. Todas ellas separadas por un pasillo que sostenía, con macabro humor, un letrero con la frase: “Avenida de la Felicidad”.

 

En el ‘Salón Dorado’, ubicado en la planta baja del edificio, funcionaba la oficina del ‘Grupo de Tareas 3.3.2’, creado por Emilio Eduardo Massera –integrante junto con Jorge Rafael Videla y Orlando Ramón Agosti, de la junta militar que gobernó de facto a Argentina luego del golpe–. Según Lisandro Raúl Cubas, ex detenido en la ESMA: «Massera asistió a la conformación del GT y dictó la conferencia inaugural a los oficiales designados, concluyendo con una exhortación a los mismos de "responder al enemigo con la máxima violencia, sin trepidar en los medios"». En pocos meses el GT logró autonomía operativa y en su oficina del ‘Salón Dorado’ se planeaban todas las operaciones de logística, inteligencia y represión.

 

Los pisos uno y dos estaban destinados a los dormitorios. Había setenta y cuatro habitaciones y allí permanecían no menos de ciento cincuenta oficiales, tanto aquellos cuyas ocupaciones les obligaba a estar ahí de forma permanente, como los que provenían del interior del país para tomar un curso de corta duración.

 

La buhardilla del edificio tenía las ventanas clausuradas, no tenía ventilación y la escasa luz eléctrica hacía perder la noción del tiempo. Estaba dividida en cinco espacios: ‘La Capucha’, ‘La Capuchita’, ‘La Maternidad’, ‘El Peñol’ y ‘La Pecera’. Los dos primeros lugares servían de alojamiento para los detenidos. Allí, en espacios de setenta centímetros de ancho, dos de largo, uno de alto y separadas entre sí por revestimientos de madera, permanecían sentados o acostados, en silencio y con  un grillete en los pies, los retenidos.

 

En ‘La Maternidad’, una sala grande que luego fue dividida por la mitad orgullo de su director, el prefecto Héctor Febres­ nacieron en condiciones precarias e insalubres treinta y tres  niños que fueron apropiados. Sólo once de ellos, entre los que se cuentan la diputada nacional Victoria Donda y el legislador de Buenos Aires Juan Cabandié, han recuperado su identidad.

 

‘El Peñol’ era un depósito en el que se ubicaban artículos hurtados en los hogares y oficinas de los detenidos. Había dos montones grandes de ropa, electrodomésticos de todo tipo y -según los propios represores “la más grande biblioteca marxista de Argentina”. En la ESMA funcionaban también las dos más importantes inmobiliarias de Buenos Aires, cuyo negocio consistía en vender las casas y propiedades de los secuestrados.

 

‘La  Pecera’ funcionaba como la redacción de un diario pequeño. Allí se obligaba a algunos detenidos a realizar trabajo esclavo intelectual: se redactaban informes contradiciendo las noticas publicadas en el exterior que denunciaban los abusos de la dictadura e incluso se realizaban los trabajos de clase de algún guardia.

 

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En el sótano lo primero que hicieron fue golpearlo, luego lo desnudaron, lo amarraron a una especie de catre de hierro y le colocaron un anillo en el dedo del pie. Lo mojaron con agua y le aplicaron descargas eléctricas en los genitales, en el pecho y en la boca. Luego le colocaron una capucha hedionda y lo llevaron al altillo. No salieron palabras de su boca, sólo quejidos, llanto de dolor y gritos de angustia. Habrá que “trasladarlo”.

 

El tiempo en ‘La Capucha’ no transcurre. No avanza. No hay día. No hay noche. Lo único que se percibe es el hedor a muerte. En el campo de deporte, alguien que no soportó la tortura, es incinerado.

 

Pasaron dos semanas y tres encuentros con la picana eléctrica. La alimentación muchas veces cedida a alguna mujer embarazadafue escasa y mala: mate cocido dos veces al día, un trozo de pan y algo de carne.

 

La risa de los estudiantes de la escuela Raggio, al otro lado de la calle Pico, resulta ahora perceptible. El oído se afinó. Un guardia lo conduce escaleras abajo y en el primer piso se cruzan con un oficial en toalla que aprieta con los dientes su cepillo.

 

El supuesto complejo vitamínico que le aplicó el médico en el sótano lo adormeció. Dos guardias lo toman de las manos y los pies, lo bajan de la camilla, atraviesan el pasillo y pasan frente al letrero: “Avenida de la Felicidad”, suben las escaleras,  transitan frente al ‘Salón Dorado’ por el lugar en el que la hija del director de la ESMA: Rubén Jacinto Chamorro, juega los fines de semana y lo suben en la parte trasera de un camión en el que yacen inconscientes dos detenidos mas.

 

En el aeropuerto militar de Buenos Aires un piloto de la Fuerza Aérea Argentina recibe coordenadas exactas. El estudio de las corrientes oceánicas indica el lugar en que se deben arrojar para que los cuerpos no regresen a la costa. Cinco personas detenidas ilegalmente, violadas, torturadas y mantenidas en condiciones precarias durante semanas, inconscientes pero vivas, son subidas al avión.

 

Solo son unos pocos minutos de vuelo antes que el Shorts SC.7 Skyvan despliegue su puerta trasera. En una caída de sólo treinta metros de altura el agua se comporta como una placa de cemento, aun así, el Skyvan vuela más alto. Es de noche y todas las luces de la ciudad están encendidas. Cinco personas son arrojadas vivas desde un avión al mar. El soplo del aire en sus oídos enmudece todo. El único sonido es el sonido del viento.

 

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El 24 de marzo del 2004, exactamente veintiocho años después del golpe militar, el presidente Néstor Kirchner anuncia el desalojo de la propiedad cedida a la ESMA para dedicarlo al Museo de la Memoria. En el 2007 los gobiernos de la Nación y de la Ciudad de Buenos Aires firman el convenio de creación del Ente Público Inter-jurisdiccional: “Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos”, encargado del gobierno del predio y conformado por un representante del Gobierno de la Nación, un representante del Gobierno de la Ciudad y por el Directorio (integrado por trece organizaciones de defensa de los Derechos Humanos de Argentina).

 

A cada una de las trece organizaciones que conforman el Directorio se les asignó una edificación del complejo. A la organización Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora le correspondió el edificio Alfa, rebautizado por ellas mismas como: “Nuestros Hijos por la Vida y la Esperanza”, e iniciaron una discusión interna para definir el uso que se le daría a la propiedad. Finalmente, con el objetivo de brindarles un homenaje y reivindicar la lucha de sus hijos, sin olvidarse que fue un lugar de horror, se decide la creación de una escuela de música de tipo social.

 

La experiencia de los profesores de la Universidad Nacional de La Plata y de la organización Música Esperanza, dirigida por el ex detenido Miguel Ángel Estrella, sumadas al financiamiento del Ministerio de Desarrollo Social, hicieron posible que la iniciativa de las Madres se concretara. Es así como el 8 de junio del 2011 la Tecnicatura Popular de Música inició sus clases con el objetivo de formar músicos sociales. No es una escuela de formación de instrumentistas, es una escuela libre y gratuita de líderes comunitarios. Líderes que entienden la cultura como parte del desarrollo social.

 

En cuatro años los setenta alumnos que hoy en día asisten a su nivelación habrán finalizado su ciclo terciario y tendrán dos opciones: podrán continuar sus estudios en la Facultad de Artes de la UNLP; o podrán regresar a sus comunidades con nuevos conocimientos listos para ser compartidos.  Indistintamente de su elección, conservarán la memoria del horror, serán testigos ante la sociedad que en la ESMA fueron torturadas cinco mil personas solidarias, comprometidas y entregadas. Serán setenta líderes conscientes de la implicancia de la cultura en su tiempo histórico.

 

Pronto la melodía del cello suite No. 1 en si mayor de Bach o el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven, inundarán los espacios que en otros tiempos estuvieron ocupados por cinco mil personas militantes, políticas y sociales. Pronto en ese lugar frío en el que hoy solo persiste el olor a muerte –en ese lugar en que la vida revalorizó su significado– se esparcirá, como agua, la música. Será un homenaje para los que no están. Un homenaje para los que un día estuvieron.  
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Casa de las Madres: Piedras 153 1A (c.p. C1070AAC) Buenos Aires Argentina (+54 11) 4343-1926 AtoBiz