2009-04-01
En el mes de la conmemoración del Día de la Mujer y del Día de la Memoria, la Comisión de la Mujer de la Asociación de Abogados de Buenos Aires (AABA) organizó una charla debate en su sede de Uruguay 485, tercer piso. El tema fue “La mujer y el golpe de Estado del 76”, y las oradoras invitadas fueron Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Ana María Careaga, Directora Ejecutiva del Instituto Espacio para la Memoria, Nina Brugo Marcó, Presidenta de la Comisión de la Mujer de la AABA, y Graciela Chein, ex presa política. Julieta Bandirali, miembro de la Comisión de la Mujer de la AABA, coordinó la mesa.
En la sala, quedaban pocas sillas libres. La ansiedad revoltosa indicaba que las agujas del reloj ya habían transitado tres cuartos de la circunferencia – tomando en cuanta la hora citada como punto de partida – y aun no se comenzaba. Fue entonces cuando la mayoría femenina hizo de la espera una decisión: abrir la charla con las que estaban. Y en el preciso momento en que se ponían de acuerdo, las oradoras que faltaban asomaron por la puerta. “Disculpen, estábamos en una reunión muy importante”, dijeron agradeciendo los aplausos de bienvenida. Nora y Ana María se acomodaron en la mesa y se dio inicio a la palabra.
Julieta había presentado a las cuatro disertantes en los momentos de espera, así que solo explicó que la intención de la Comisión era abrir un espacio de evaluación y reflexión desde la perspectiva de género sobre todo lo ocurrido durante la dictadura del 76. “Siempre que hubo represión, el cuerpo de la mujer se convirtió en un campo de batalla”, reflexionó. Luego, cedió el micrófono para dar lugar al primer testimonio.
Graciela Chein, ex presa política, es una de las ciento doce voces que componen el libro “Nosotras, presas políticas”. Estuvo detenida legalmente desde octubre de 1975 hasta septiembre de 1983. Ella, abrió la ronda diciendo que durante la dictadura “se reprimió tanto que no importaba el género”. Y continuó su intervención: “En la cárcel te mataban como persona, como mujer. Nosotras nos buscábamos la posibilidad de cantar, de escribir en las paredes, de hacer artesanías con los hilos de las toallas o con las migas de pan. El pensamiento creativo hace que una se sienta más digna, más persona, más mujer”. Su relato no era individual, como en el libro, como en las celdas, transmitía un decir plural y colectivo. “Fuimos construyendo un nosotras”, explicó. “Nosotras, presas políticas” recorre, a partir de las cartas que ellas escribían desde el encierro, el contexto político del país. A través de esas letras, también se pueden recorrer sus sentimientos y emociones, sus tácticas para vencer a la censura, sus formas de expresión. “Si descubrían que sufrías te castigaban, hostigaban, aislaban, para quebrarte como persona en tu momento de mayor vulnerabilidad”. Por eso, la necesidad de escribir descifrado, de contar de otra manera lo que pasaba. Así, “a pesar de todo lo perdido, pudimos seguir viviendo”. “Pero hay una herida humana profunda, un sentimiento roto. Es como cuando se te rompe un vaso y lo querés pegar con plasticola. Te va a quedar como el culo. Bueno, nosotras en muchos aspectos quedamos como el culo”. Y con la emoción de todas (y todos) le dio paso a Norita.
“Yo estoy orgullosa de las mujeres que estuvieron presas y desaparecidas, porque nosotras aprendimos de ellas. La mayoría de las Madres salimos entre las cacerolas”, dijo Nora Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, después de escuchar el testimonio de Graciela. “Tuvimos varios frentes de lucha, y uno estaba en casa. Vivíamos en un mundo de machismo muy profundo”. Y es en esa cultura patriarcal donde “a los milicos se les escapó nuestra existencia, ellos no se imaginaron a la Madres”.
Con la fuerza materna, contó las anécdotas domésticas de los orígenes del movimiento: “Después de escuchar las barbaridades y mentiras del Monseñor Graselli, Azucena dice de reunirnos en la Plaza de Mayo el 30 de abril. Ese día fue sábado, estaba todo cerrado, ni las palomas quedaban. Entonces, se pasó el día al viernes. Pero después pensamos que el viernes era día de brujas. Quedaban dos opciones: lunes o jueves. Nos decidimos por el jueves, porque el lunes era día de lavado de ropa. Claro, que el domingo no se lavaba porque amasábamos los tallarines, invitábamos a la familia a comer, no daba tener la ropa colgada en el patio”.
Nora se sumó a la Plaza en el tercer encuentro que tuvieron las Madres. A su hijo Gustavo lo secuestraron el 15 de abril de 1977. Ella describe a los primeros pasos de la organización como “una acción visceral y espontánea”. Al principio, como eran mujeres creían que iban a ser más respetadas, y decidieron que sus maridos se quedaran en las casas. “Pero lo que a los milicos les preocupaba era que podíamos juntarnos, que no íbamos una sola por uno solo. Éramos todas por todos”. Y recordó a las tres Madres detenidas desaparecidas: Azucena Villaflor, Esther Ballestrino de Careaga y Mary Ponce de Bianco; “ellas nos enseñaron a caminar”.
Por entonces, Esther buscaba a su hija Ana María, que fue secuestrada cuando tenía dieciséis años y estaba embarazada de casi tres meses. A Ana la soltaron y se exilió en Sueceia. Pero Esther continuó yendo a la Plaza, porque decía que iba a seguir hasta que aparecieran todos, porque todos eran sus hijos. “Ella se podía haber vuelto a su casa, pero no lo hizo, y la secuestraron el 8 de diciembre de 1977”.
Con generosidad sincera de corazón, Nora compartió el dolor de una Madre desde su ser mujer. “Cuando te sacan a tu hijo ya no podés disfrutar de nada. No podíamos disfrutar de un helado, ni de una comida rica, ni de las relaciones sexuales. Eso, la mayoría de los hombres no lo entendieron. Varias parejas se quebraron. Muchos padres se suicidaron o se enfermaron enseguida. Ellos cuestionaron la militancia de nuestros hijos, nosotras no”.
“Por muchos años yo no pude preparar más ravioles ni tarta de choclo, porque eran las comidas preferidas de Gustavo. Y él siempre me ayudaba, estiraba la masa en la maquinita. No me dí cuenta que a mi otro hijo, Marcelo, también le gustaban. Hasta que un día, después de mucho tiempo, él se acercó y me dijo que también le gustaban los ravioles y la tarta de choclo, que él también podía ayudarme a prepararlos”.
Al finalizar, recordó la enseñanza de más de treinta años de lucha:“Vos sos la madre y no te podés morir. Tenés que seguir luchando. Pudimos transformar el dolor en fuerza. Siempre nos hacemos chistes, macanas, nos sonreímos o terminamos un acto bailando”.
Ana María continuó con las lagrimitas provocadas por la emoción de Nora. Ella, compartió desde el punto de vista de mujer embarazada la experiencia de haber estado detenida desaparecida. “En la primer sesión de tortura, muy fuerte, yo creí que había perdido al bebé. Cuando regresé a la celda y sentí cómo se movía en mi vientre lloré de la emoción. Sentí que era una victoria, que allí no habían podido meterse. Por eso siento que el embarazo para mí fue un privilegio, porque en esos lugares donde perseguían aislarte y destruirte como persona, yo no estaba sola”. Al llegar a Suecia, exiliada, los médicos le dijeron que la nena se había salvado porque había bebido toda su sangre y que ella se encontraba anémica. Entonces, Ana le escribió a su hija: “Mi sangre fue tu vida, tu sangre fue mi fuerza”.
Nina cerró el encuentro con imágenes del movimiento feminista de los años sesenta y setenta, “cuando las mujeres irrumpimos masivamente en las universidades, en la lucha, en los barrios”. En un ejercicio de reflexión, explicó que en aquellos años no visualizaban diferencias de género y que sus demandas solían ser muy domésticas, como exigir la copa de leche, remedios, alimentos. También reconoció que la agrupación Evita fue para muchas compañeras el único espacio militante donde sentían que sus opiniones valían, que no iban a ser burladas y podían hablar libremente. Y entre ellas, recordó a Simona Gomez, inquieta luchadora que no se cansaba de golpear puertas contra el hambre de los pibes. A ella fueron a buscar los militares. Cuando llegaron a su casa, su vecino salió a decirles que el señor no estaba en ese momento. “No, si ella es la peligrosa”; le contestaron.