El cuadro

2010-02-15

El cuadro

 

El pintor se movía inquieto ante el lienzo. Quería expresar lo inexpresable, pintar lo inasible y no podía. Ese cuadro le provocaba algo extraño que lo inmovilizaba ante esas tres caras de labios apretados y rasgos imprecisos que habían surgido de su propio pincel. En verdad, no sabía qué le pasaba desde que había empezado con esa tela: sus ojos brillaban alucinado bajo las cejas hirsutas y sus facciones se veían macilentas mientras su mano, que parecía moverse por voluntad propia, solo trazaba un fondo confuso donde tres rostros miraban fijamente al espectador aunque sus ojos daban la impresión de hallarse vacíos.

 

Ya no podía conciliar el sueño y sentía que el cuadro lo llamaba, lo poseía poco a poco. Así, en su obsesión dejó de salir, de ver a nadie, se apartó de todo y de todos y transcurría sus horas frente a esa tela agregando detalles difusos mientras las tres caras lo miraban desde esos ojos que no existían. Al tiempo su expresión empezó a parecer la de un loco: el rostro demacrado y ojos de mirada extraviada, mientras un sentimiento irresistible lo empujaba a ser parte del cuadro, a integrarlo abandonando su posición de creador / observador para transformarse en el observado.

 

Una noche, cuando había logrado dormirse, lo despertó un rumor, un murmullo de voces que parecían provenir de su estudio. Se levantó y fue hasta allí siguiendo los sonidos que lo atrajeron hasta el cuadro. Se detuvo ante él y, con enorme sorpresa, pudo descubrir que las tres caras lo miraban ahora con ojos llameantes. El pintor se aterró y, rápidamente, tomó un pedazo de tela con el que tapó la obra.

 

Poco tiempo después desapareció del barrio y, aunque al principio algunos lo buscaron, no lograron encontrarlo. La casa fue tapiada y nadie se atrevió a entrar pues, según la leyenda que corría entre los vecinos, algunas noches podían escucharse susurros y lamentos que nadie sabía a qué o a quién atribuir pero que parecían brotar de allí.

 

Transcurrieron varios años hasta que alguien decidió comprarla con la intención de demolerla para levantar un edificio torre en el terreno. Al entrar, un olor a moho y vejez recibió al comprador, que empezó a examinar las habitaciones con curiosidad. Así, llegó a una puerta y descubrió al abrirla que se encontraba en el estudio de un pintor. Había algunas telas apoyadas contra las paredes, pero lo que más le llamó la atención fue un cuadro en un caballete que parecía una especie de visión no concreta. Atraído por la tela se acercó y pudo distinguir algo un tanto difusamente pero que, mirando con atención descubrió que eran cuatro caras, tres de labios apretados y una cuarta de cejas hirsutas y facciones macilentas que abría la boca en una especie de grito silencioso.

 

Escrito por María Angélica Lamas Aguirre de Córdoba, Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora. Cuento inspirado en el cuadro El silencio de la serie “Los Adioses” de Alberto Sorzio. Elegido para ser publicado en la antología literaria del Círculo Literario de Hurlingham Abuelas Bonaerenses.
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