El aguacate y la esperanza

2009-03-31

 

 

“Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo (y no sólo mental), no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Ali Baba. Pero quizás desencadenen la alegría de hacer, y traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”. (Eduardo Galeano)

 

Cuando uno va llegando a El Chile, una comunidad indígena-campesina de los alrededores montañosos de Matagalpa, tiene la sensación de adentrarse en lo más profundo del corazón de Nicaragua. Y algo de eso hay. Basta, para comprobarlo, con darse una vuelta por las cocinas de su gente, tradicionales, con sus muros negros de hollín, o dar un paseo por esos paisajes inconmensurables, llenos de horizonte y viento. Y tiempo, también. Porque el tiempo, que pareciera por estos lares transcurrir mucho más lento, está presente en todos lados como si hubiese tomado estas sierras como refugio.

 

A un costado de la carretera que va desandando la cuesta para subir a El Chile se encuentra una pequeña casita de ladrillo y teja. Allí, desde hace poco más de veinte años, vive Marta Ruiz. Argentina de nacimiento y nicaragüense de corazón, Marta lleva adelante -con una perseverancia que trasciende a los años y a los gobiernos- un pequeño proyecto de tejido en telar. Varias mujeres de la comunidad llegan a diario a la casa de Marta a confeccionar sus propias telas de manera artesanal, compartiendo así una cooperativa de trabajo que persiste más allá de las dificultades. Un taller y una solidaridad que no son tan habituales en estos parajes tan lejanos y en estos tiempos teñidos por inquietudes más individualistas.

 

Marta llegó a Nicaragua a principios de los años 80, atraída por esa gran esperanza revolucionaria que este pequeño país centroamericano despertaba en el mundo entero. Era la época en la que militantes, intelectuales y artistas llegaban de todas partes de América Latina y del globo para conocer el proceso revolucionario que había sido capaz de desterrar aquella larga y siniestra dictadura somocista. Y muchos de ellos se quedaron a trabajar, a luchar y a morir –también- por una causa que sentían justa y muy propia. “Ya para ese tiempo, yo estaba muy interesada en la revolución, porque me había dado cuenta de que mientras yo hilaba, tejía y rezaba estaban desapareciendo a 30 mil personas en mi país y yo no me había dado cuenta. Eso fue un golpe bastante grande… Entonces me fui vinculando cada vez más con Nicaragua, a través de los grupos de exiliados en Bruselas que me fueron abriendo un panorama de lo que estaba ocurriendo en toda
América Latina”.

 

Desde muy joven, Marta había pertenecido a una comunidad gandhiana fundada por Lanza del Vasto en el sur de Francia. Allí comenzó a vincularse con una vida más sencilla que la de su natal Buenos Aires, aprendió sobre las distintas labores del campo, y aprendió también a hilar y a tejer. Esta experiencia, sin dudas, la marcó muy fuerte en su vida. Comenzaba a nacer en ella el sueño de una vida, en algún lugar alejado de Latinoamérica, en la cual poner en práctica sus experiencias y proyectos comunitarios.

 

Fue así que decidió hacer un viaje desde Europa hacia Nicaragua para conocerla de cerca. Y recorriendo Nicaragua llegó a Matagalpa, ciudad en la que conoció amigos que le hablaron por primera vez de El Chile. “A los días me vine, prácticamente caminando, junto a una muchacha austriaca, María. Yo nunca me voy a olvidar, porque no había transporte en esa época. Y tardamos como dos días en llegar. La primera noche dormimos en El Zapote y, por supuesto, a medida que íbamos subiendo hacia El Chile ya me iba deslumbrando yo con este paisaje que, para mí, es el ombligo del universo”.

 

El rescate del tejido indígena fue lo que terminó de definir a Marta por este lugar en el mundo. Hacia los años cincuenta, la dictadura somocista había prohibido que los indígenas siguieran cultivando el algodón, así como también hilando y tejiendo sus telas tradicionales. Esto significó un fuerte impacto en uno de los más importantes valores culturales de este pueblo ancestral.

 

Desde su llegada a El Chile, al principio con muy poco apoyo, Marta hizo todo lo posible para rescatar las tradicionales formas de hilado y tejido. Pero se dio cuenta que no era una labor tan fácil. Gracias a la participación de Plácida Hernández, una de las mujeres de la comunidad que había visto como tejían sus mayores antes de la prohibición somocista, se pudo comenzar con un proyecto que incluía el aprendizaje de las técnicas tradicionales de tejido por parte de las nuevas generaciones de mujeres de la comunidad. Estas técnicas de tejido se realizaban mediante el uso de malacates en el hilado y de telares de cintura.

 

Pero, más allá de este primer impulso, era necesario recibir algún tipo de apoyo. Fue así que Marta se decidió a escribir una carta a Ernesto Cardenal, por aquellos años Ministro de Cultura del gobierno revolucionario. Y Ernesto contestó con un entusiasmo que sobrepasó todas las expectativas. “Yo lo que no sabía, y que me enteré mucho después, es que uno de sus grandes sueños era revivir los telares de El Chile. Él ya había hecho varios intentos pero habían fracasado. Y fue así que me dio dinero y con eso empezamos a financiar las becas, construimos los primeros telares de mesa, y así comenzó a avanzar la cosa”.

 

Para mediados de los años ochenta se realizó en Managua la Feria del Libro y constituyó el momento en que el Ministerio de Cultura presentó lo que se había consolidado como “el rescate de las formas tradicionales de hilado y tejido del algodón”. Varias mujeres indígenas de El Chile se presentaron ante el gobierno revolucionario, los medios de comunicación y el público en general, exponiendo sus tejidos ancestrales, reeditados gracias a una perseverancia que había desafiado en toda su magnitud a la barbarie prohibicionista. “Toda esa producción fue para el Ministerio de Cultura, y después de eso seguimos trabajando. Yo le dije a Ernesto que la guardara porque eso no se iba a repetir nunca más. Y él me escuchó. Eso era patrimonio nacional, todo hilado a mano, tejido como lo hacían los ancestros”.

 

Un gran logro que había sido realizado gracias a muchos sacrificios. Conflictos internos al interior de la comunidad hicieron que el grupo fuera cambiando en cuanto a sus integrantes y a su modo de accionar. Algunas veces por meras envidias, por pequeñas disputas de poder o por inevitables asimetrías de género. Además del siempre inminente peligro de aparición de la contra, financiada por el gobierno de Estados Unidos para derrocar el gobierno revolucionario, y cuyo accionar dejaba rastros de muerte y violaciones en las áreas rurales. “Vinieron una vez y se llevaron a un compañero belga. Pasamos una noche terrible, yo estaba con mi hija. Pensábamos que, en cualquier momento, vendría la contra y nos llevaría a nosotros. Preparamos las mochilas con fósforos, con el foco, con pastillas anticonceptivas por si nos violaban. Y oíamos ladrar los perros. Mi hija me ha contado que siempre que oye ladrar a los perros le recuerda a esa noche”.

 

Y, más adelante llegaría uno de los momentos más difíciles para el grupo. La derrota electoral del Frente Sandinista, a principios del año 90, hizo que los nuevos funcionarios de gobierno echaran a las tejedoras de la casa comunal que ellas mismas habían levantado y en el que desarrollaban su trabajo. “Además, a partir de esos años, comenzamos a sufrir los efectos de la crisis económica, producto de las políticas neoliberales aplicadas por el gobierno de Violeta Chamorro”. Parecía el fin, pero no lo fue.

 

Las tejedoras lograron rescatar sus telares y se instalaron en la casa de Marta. El tejido continuó y Marta siguió participando de diferentes actividades de la vida comunitaria de El Chile.

 

Hoy, a sus 70 años, y a pesar de que sus hijos le ruegan que se vaya a vivir con ellos a Europa, Marta sigue trabajando en el proyecto de las tejedoras. Y sigue enamorada de una Nicaragua a la que entregó gran parte de su vida y sus esfuerzos. Una Nicaragua que le duele ver tan lejana a los sueños de cambio social que, parecía, iban a consolidarse en los años revolucionarios. “Pero siempre tengo esperanzas. Ese árbol de aguacate lo sembramos con María el día que llegamos aquí. Y durante veinte años no dio frutos, y yo hice todo lo posible para que diera frutos, lo bañé con urea, lo golpeamos con un hombre desnudo el día de San Juan, hice todo lo que había que hacer. Siempre lleno de flores, pero daba unos frutitos chiquititos que se caían y no pasaba nada. Y el año pasado se llenó de aguacates que yo pensé que no iba a poder comer un aguacate más en mi vida. Así que, creo yo, siempre hay tiempo para que renazca la esperanza”.
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