Camila con nosotros

2011-10-03

A continuación, compartimos las palabras pronunciadas por María Adela Antokoletz el sábado 1 de octubre en el cementerio Campanario de Berazategui, durante el entierro de los restos identificados hace poco de la joven Camila Azar, estudiante de Derecho en La Plata:

Stella me pidió que entre todos los que estamos despidiendo a Camila, mis palabras también lo intentaran. Stella me dijo: “Nadie mejor que vos para expresar con claridad el pensar y el sentir de cualquier ser humano decente. Verdades universales, derechos universales, inherentes a la condición humana. Ni más ni menos.

CAMILA CON NOSOTROS

La Plata, una calle del centro. Una alta muchacha va caminando rápido. Pisa fuerte, con decisión. Lleva una carpeta y un libro bajo el brazo. El largo pelo oscuro hace un vaivén a cada paso. Los hermosos ojos verdes, las cejas bien delineadas, la boca que se hace notar, la actitud de una estudiante segura de lo que puede hacer y de lo que quiere hacer. Falta poco para que cumpla 21 años.

Con pasos sigilosos va detrás, como una sombra a la que nadie ve, una vieja cronista imaginaria. Se acerca a la muchacha con disimulo, y le llega un aire de primavera que emana de la ajustada remera, la pulsera con dijes plateados, el libro preferido, los cigarrillos Particulares, los vaqueros. La cronista alcanza a leer el título de ese libro: Inventario, de Mario Benedetti, y a escuchar, apenas, frases que la muchacha va cantando bajito … Retoñarán aladas de savia sin otoño, reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida. Porque soy como el árbol talado, que retoño y aún tengo la vida…

La muchacha se apura: hay tantos estudiantes en Derecho que conviene llegar con tiempo. La joven –que junto a sus hermanos ha crecido familiarizada con el lenguaje de las leyes- sabe bien por qué ha elegido esa carrera: una abogada puede hacer mucho por los desposeídos, puede trabajar para devolverles en lo posible sus derechos. Sólo se detiene ante el quiosco de diarios de una esquina para comprar La Opinión. Echa una ojeada a los títulos de portada y sigue, con sus pasos vigorosos.

Tantos años más tarde su hermana ha podido hacer palabras con el dolor que enmudece a la familia. Y nos cuenta: Camila era muy segura de sí misma, parecía que nada la amilanaba. Tenía una maravillosa capacidad para integrarse a todos los ambientes. Era extraordinariamente amiguera, todo quería hacerlo en grupo y, aún sin buscarlo, siempre terminaba siendo la líder, en los deportes, en los campamentos.  La amistad, la lealtad, la honestidad, el compañerismo, la solidaridad fueron sus valores más sagrados. A medida que creció su corazón enorme nos albergó a todos. Y trabajó por todos.

La cronista imagina el remolino de imágenes e ideas que pasan por la mente de la joven; los rostros de los compañeros con quienes se reunirá después de la Facu para debatir, matear, tomar decisiones. La muchacha sin duda ama la política; mejor dicho –y la cronista se corrige-, está transida de política, porque ella, sus colegas de la carrera y los amados compañeros de militancia no pueden, ni quieren, ni imaginan escapar de los trazos y golpes con que la vida política los va esculpiendo cada día. La política –acción y debate, operaciones y reflexión, dudas y enojos, corazones gritando juntos en las plazas con gozo enorme-, la política es el aire que llena de intensa vida sus jóvenes pulmones. Y la cronista también respira ese aire renovador. Ni la muchacha ni la cronista pueden imaginar que esa espléndida persona lucirá siempre 20 años para quienes la aman; que su hermana meditará algún día  Ella sigue siendo mi hermana mayor y no hay sentimiento que me ubique más adulta y más sabia que ella. Ella, con sus eternos 20 años, siempre sigue sabiendo más que yo de todas las cosas.

Ya están cerca de la Facultad. La cronista intuye que la muchacha es generosa, inteligente y solidaria como tantas chicas y muchachos de entonces, y aventura una cifra: 30.000 jóvenes. La cronista es aficionada a los símbolos: ver a Camila avanzar hacia la casa de estudios es verla avanzar hacia el futuro, donde habrá tantas y tantos nosotros, los que luchamos a diario para hacer de este mundo un lugar habitable para todos.      

Camila entra en ráfaga al edificio, sube corriendo hasta el aula mientras saluda al pasar a montones de gente. Es muy popular, muy divertida, con mucho humor, muy buena amiga, la mejor amiga de muchos, sabe guardar secretos y acompañar al otro. Consigue al fin un viejo pupitre. Saca una carpeta de apuntes, busca con qué escribir y putea mentalmente ante la falta de una birome, de un lápiz aunque sea. Ya va a empezar la clase.

La cronista queda afuera, en la vereda, pensativa. Le ha caído bien Camila. No hay nada de particular en ella, pero hay condensación de futuro en ese ser individual, único y particular inmerso en el paisaje colectivo de su tiempo, en el proyecto de amor e igualdad de esa generación que es la nuestra, piensa. Le gustaría conocerla, charlar con ella en un café, criticar juntas a algunos individuos y grupos, soñar futuros. La cronista no puede prever que ese cuerpo firme habrá de ser arduamente buscado, hallado ya sin vida, e identificado por científicos 35 años después. Tantas mentes brillantes, tanta ciencia, tantas voluntades aunadas para encontrar a Camila. Nuestros científicos trabajando al servicio de la decencia, para devolvernos el derecho a enterrar a nuestros muertos, reflexiona su familia.

La cronista imaginaria conoce bien la dictadura. Muchos compañeros entrañables ya no están ... Se va yendo despacio, pensando en Camila, en tanta gente joven. Desea con toda su fuerza que la estudiante de Derecho no se vuelva otra víctima más de este horror a perpetuidad con el que los genocidas nos obligaron a vivir.

Pero así fue, se la llevaron, la escondieron, intentaron borrarla, quisieron que olvidemos sus luchas. 

Sin embargo aquí estamos, con su familia y su luminosa memoria, que derrotó a todos los represores. La recordamos, como a los demás, sabiendo que todas y todos ellos nos acompañan, nos sonríen por lo que hacemos o nos retan por lo que no hacemos, nos advierten, nos echan un consejo; ellos son nuestra fuerza; con ellos al lado, somos mejores que antes.

Somos mejores con María Angélica y Reynaldo, con Aquilina, Aristóbulo, Quique, Beatriz, Carlos Alberto, José, Gabriel, Eduardo, Jorge y Gloria, Daniel, Pepe, Enrique, Gustavo, Ana María, Antonio Jorge/y José Francisco, Norberto, Jorge, Saúl, Elena, Hilda, Nelson, Dante/ Fernando e Irene, Marcos, Mirta, Álvaro y muchos más.

Camila misma, pura vida que no eligió morir sino vivir, podría haber hecho suyos estos versos de Neruda:

Yo no vengo a llorar aquí donde cayeron:

vengo a vosotros, acudo a los que viven.

Acudo a ti y a mí y en tu pecho golpeo.

Cayeron otros antes. ¿Recuerdas? Sí,

recuerdas.

 Hace muy poco sus hermanos al fin pudieron encontrarse con ella. Y, citando a Miguel Hernández, su hermana dirá de aquel encuentro: No pude desamordazarla y regresarla, pero sí pude besar su noble calavera. Y de verdad estuvo muy bueno.

Ese beso a lo que tenemos de Camila, a lo que se pudo acariciar de Camila, es un beso a todos los hermanos desaparecidos de quienes aquí estamos, a todos. Y Camila recibió, en ese beso de su hermana, el de todos nosotros. Porque ella no es sólo ella: ella es también Juan Roberto, Luisito, Ernesto, Lourdes, Gustavo, Diana, El Gringo, Guillermo, Juan Carlos/Jorge Arturo y Daniel Alberto, María Irene, Virginia, Augusto, María Eloísa, Pablo, Eduardo María, Santiago y María Angélica, Inés, Elenita, su querida amiga Silvia y miles más. Esto necesitaba decirnos Stella, esto nos hace saber Camila.

Desde que sonó el teléfono con esa llamada casi increíble de Antropólogos, la familia ha vivido meses muy intensos, con sus dosis a veces alternadas, las más de las veces simultáneas, de angustia y reparación, inseparables ya por otra parte para todos nosotros. Sentir que Camila ha sido querida y pensada por tantos resultó una inesperada caricia maravillosamente sanadora.

Una trama histórica se empezó a gestar hace 35 años, con las voces de las primeras madres y abuelas, de los primeros padres, de los sobrevivientes de los campos a quienes nunca podremos agradecer lo suficiente, de todos los que nos fuimos incluyendo, con militancia, constancia y compromiso, con marchas, escraches y denuncias. Con juicios …

La cronista imaginaria posee el don magnífico de poder abarcar todos los tiempos. Su paso se hace más lento. Es agobiante el peso de tanta juventud que vive pero de otra forma, desde otra dimensión. Se detiene ante un cartel pegado a la pared: en medio de él, una multitud enarbola fotos de hermosos jóvenes; en lo alto del cartel, un gran título: “JUICIO A GENOCIDAS”.  La cronista sigue leyendo. Sonríe. Se siente rejuvenecida cuando lee, al pie, una declaración: “LOS JUZGA UN TRIBUNAL. LOS CONDENAMOS TODOS”.

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